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Taller de verano: teatro en la BAC

Compartimos un texto escrito por Tania García, socia y compañera de la BAC desde hace muchos años e integrante del grupo de teatro que dirige Alejandra Ríos

Un regalo de Reyes

6 de enero de 2021

Cada día de Reyes espero algún regalo. Siempre los recibía cuando era niña. En los últimos tiempos los Reyes casi no se acuerdan de mí. Por eso no imaginé que a mis setenta y seis años, me encontraría con este regalo de reunirnos dieciocho mujeres deseosas de hacer teatro.

La gacetilla nos convocó. Y aquí estamos conversando con Alejandra, la profe, emocionada. Igual que todas nosotras. Porque no  sospechábamos que semejante multitud vendría  por amor al arte. Y por la magia del Zoom, desde lugares tan distantes. Y con edades tan distintas.

Ahora la profe nos pide que viajemos al pasado. A aquel momento primordial, cuando teníamos siete años.

Y aquí estoy, entrando en la casa adonde tantas veces sueño volver. Y me salen al encuentro atropellándose, las sombras y los colores,  las voces y los sabores, los miedos, las alegrías de aquel entonces.

Siento revivir ese montón de emociones.

Estamos en el patio cantando en juegos de ronda y reconozco mi voz.

IMAGEN: Fotomontaje de una mujer de cabello largo volando en el viento y atravesando su rostro, que sostiene en su mano un reloj de arena. La escena está montada en un paisaje de mar en tonos verdes, azules y amarillos, donde se destaca el cielo luminoso del tenue atardecer

Veo el matorral de retamas amarillas, respiro su perfume delicioso.

Piso el barro, corto uvas del parral. Más al fondo están los mandarinos y los durazneros cargados de fruta. Me apeno por las crías de un nido de lauchas que mamá encuentra en el galpón. Siento la angustia de saber que algún día mamá se va a morir. Todo eso está otra vez conmigo.

También están conmigo  la soledad y el enojo, que no le cuento a nadie, de cuando los otros chiquilines se van a la escuela, donde a mí no me dejan entrar porque estoy casi ciega.

Hay olor a humedad, a baño sin agua corriente, a pañales sucios que se amontonan en invierno.

Pero me gusta el ruido de la lluvia en las chapas del techo, que siempre viene con tortas fritas.

La profe dice que nos llaman para la merienda. Y ya estoy sentada a la mesa redonda que nos reúne y muerdo una rodaja de pan tostado, untada con manteca y mermelada de duraznos, mientras escuchamos las aventuras de Tarzán en la radio.

Un vecino me miente que tiene juguetes para mostrarme. Curiosa, voy, lo sigo. Él  quiere que me siente en sus rodillas para descansar. Le digo que yo no estoy cansada. Pero él dice que sí, que descansemos un ratito y me alza. Me asusto y lloro. Mi hermano mayor, que tiene ocho años, me oye y ¿entiende o adivina? Aparece, grita, amenaza con llamar a papá. El hombre se abrocha y me deja ir.

Mamá cose en el comedor. Dice que estoy colorada hasta las orejas, que tengo los ojos llorosos. Y pregunta qué me pasó. No puedo contarle  porque no sé qué pasó, pero sé que fue por culpa mía. Porque quise ver esos juguetes. No contesto nada y me arrimo a la pared para ver bien de cerca las rosas del empapelado.

Por suerte en seguida empieza la novela y mamá se distrae. En el jardín también hay rosas y más flores.

Es inmenso el mundo de mis siete años.

Ya que estoy, me doy una vueltita por la huerta y por el gallinero. Me asomo apenas al aljibe que es muy bueno a veces, cuando  tiene agua. Pero me aparto rápido porque escucho la voz de papá diciendo que es peligrosísimo asomarse al aljibe aunque esté vacío.

Ale nos pide  que empecemos a volver. Estoy de nuevo aquí y ahora y  me siento feliz. Como si la visita a mis siete años me hubiese aliviado la incertidumbre del presente.